divendres, 12 d’octubre del 2012

De bon matí



Hi ha un punt de sorpresa, i rastres al llit. Un deix de tendresa, oblits. Una mica de mandra, un avió a la finestra, campanes, pluja, camins. Dubtes, cicatrius, indecisions, destins. Expectatives d'alt risc. Mapes del tresor. Perill de desencís. Una agenda de forats negres, un triple salt al buit. O el dia a escala del rellotge de la tauleta de nit.










La vida es ávida y plasmada en nuestra carne cruda


            La vida es ávida y plasmada en nuestra carne cruda. La frase me despierta temprano. No se desengancha de las paredes internas de mi cabeza. Al contrario, se escurre lenta como el caldo denso de las verdades que aparentan ser obvias, pero en el fondo esconden, sonrientes, con cuántos dientes mienten.
            Despierto al lado de la mujer. Sueño sereno, aunque más pesado que el mío. Busco en el silencio de los labios un texto que conozco, leo y releo, pero que se transmuta a cada página. Nuevos enredos, ritmos, melodías. Las sábanas confusas me enredan de nuevo –no hago fuerza, porque sería absolutamente inútil. Indefenso, permanezco a su lado y memorizo por milésima vez sus trazos, reato en cada peca el lazo que, al apretarlo, conforta con la seda de su presencia la aspereza de mi vida.
            Como aún no he colocado cortinas nuevas, el sol en seguida se atreve sobre nosotros. Me encantan las lámparas de mesita de noche, pero no me gustan las cortinas. Esta tal vez sea una de mis manías, sobran lamparitas y faltan cortinas. Ella se mueve y murmura del fondo de lo insondable algo sobre Ecuador. Recuerdo que una vez le escribí en una nota: «¿Vamos a Ecuador? Allí, al mediodía, no hay sombra de dudas». Perdido en pensamientos perezosos, me adormezco quince minutos más.
            Despierto otra vez y la mujer sigue a mi lado. Las sábanas indóciles me enredan definitivamente –no hagas fuerza, me repito, porque no sirve de nada. Me giro, indefenso,´til﷽﷽﷽﷽﷽﷽nredan definitivamente –no hago fuerza, me repito, porque es absolutamente inor. Recuerdo que una vez le escribsonrien al lado de la señora y memorizo por milésima vez sus trazos, reato en cada peca el lazo que, al apretarlo, conforta con la seda de su presencia mi piel áspera y vivida, aunque la aspereza sea huidiza y la experiencia, muchas veces, un coche que cruza una calle nocturna con los faros al revés, como dijo el gigante Pedro Nava.* Como la vida plasmada en nuestra carne cruda.
            Termina el día. Llego a casa. Afligidos, mis pies se deslizan fuera de los zapatos que los han envuelto el día entero. Diez dedos me sonríen aliviados. Hoy ella no está. Enciendo lo que está apagado –muchas lamparitas mientras me preparo para dormir– interludio singular entre estar despierto, cerca, cierto y en el otro lado del día soñoliento, distante, vago. Empiezo a soñar con un campo de girasoles y con el Mediterráneo del cuello de la señora ausente, donde navego por Sardeñas, Córsegas, Sicilias.
            La vela del barco se sopla antes de que la noche se desvanezca. Antes, bien antes de que todo se vaya o venga. Como el fuego alimentado por trescientos troncos. Como el agua que cae del alambique imaginario. Como un escorpión, nadando sereno en el umbral de un acuario.

                                              
                               Caê Guimarães, De quando minha rua tinha borboletas 
(Crônicas, Vitória, ES, 2010)  


Traducción al español de la autora de este blog.